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lunes, 5 de enero de 2015

"El cielo es real - La experiencia de un Doctor en el más allá"

La famosa revista Newsweek sorprendió a muchos en su edición de Octubre 2012 con una portada y un titular impactante: "El cielo es real - La experiencia de un Doctor en el más allá". La revista publica un artículo escrito por un prestigioso neurocirujano estadounidense que luego de haber vivido una Experiencia Cercana a la Muerte, asegura haber visto y viajado al más allá. Presentamos a continuación la traducción completa de la nota de Newsweek.

Como neurocirujano, yo no creía en el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte. Hijo de un neurocirujano, crecí en un mundo científico. He seguido el camino de mi padre y me convertí en un neurocirujano académico, enseñando en Harvard Medical School y otras universidades. Entiendo lo que ocurre en el cerebro cuando las personas están a punto de morir, y siempre había creído que había una buena explicación científica para los viajes celestiales fuera del cuerpo, descritos por aquellos que escapaban a la muerte por poco.

El cerebro es un mecanismo sorprendentemente sofisticado pero extremadamente delicado. Si se reduce la cantidad de oxígeno que recibe, así sea la cantidad más pequeña, este reaccionará. No era una gran sorpresa que las personas que habían sufrido un traumatismo grave regresaran de sus experiencias con historias extrañas. Pero eso no significaba que habían viajado a algún lugar real.

Aunque me consideraba un creyente cristiano, era más de título que de creencia real. No me molestaban los que querían creer que Jesús era más que simplemente un buen hombre que había sufrido a manos del mundo. Simpatizaba profundamente con aquellos que querían creer que había un Dios en alguna parte ahí fuera que nos amaba incondicionalmente. De hecho, envidiaba a esas personas la seguridad que esas creencias sin duda les proporcionaban. Pero como científico, simplemente creía que era incorrecto creer en eso.

En el otoño de 2008, sin embargo, después de siete días en un estado de coma en el que se inactivó la parte humana de mi cerebro, el neocórtex, experimenté algo tan profundo que me dio una razón científica para creer en la conciencia después de la muerte.

Se cómo pronunciamientos como el mío les suenan a los escépticos, así que voy a contar mi historia con la lógica y el lenguaje del científico que soy.

Muy temprano por la mañana, hace cuatro años, me desperté con un dolor de cabeza muy intenso. En cuestión de horas, mi corteza entera - toda la parte del cerebro que controla el pensamiento y la emoción, y que en esencia que nos hace humanos - se había apagado. Los médicos del Hospital General de Lynchburg en Virginia, un hospital donde yo mismo trabajaba como neurocirujano, determinaron que de alguna manera había contraído una meningitis bacteriana muy poco frecuente que ataca sobre todo a los recién nacidos. Bacterias de e. coli habían penetrado en mi líquido cefalorraquídeo y estaban comiendo mi cerebro.

Cuando entré en la sala de emergencias aquella mañana, mis posibilidades de supervivencia en algo más que un estado vegetativo ya eran bajas. Pronto estas posibilidades cayeron a casi nulas. Durante siete días estuve en un coma profundo, mi cuerpo sin respuestas, mis funciones cerebrales superiores totalmente fuera de línea.

Luego, en la mañana de mi séptimo día en el hospital, mientras mis médicos consideraban si se suspendía el tratamiento, mis ojos se abrieron de golpe.

No hay una explicación científica para el hecho de que mientras mi cuerpo estaba en estado de coma, mi mente - mi conciencia, mi yo interior - estaba viva y bien. Mientras las neuronas de mi corteza cerebral fueron aturdidas hasta su total inactividad por las bacterias que las habían atacado, mi conciencia liberada del cerebro había viajado a una diferente y mayor dimensión del universo: una dimensión que nunca había soñado que podía existir, y que mi viejo yo previo al coma hubiera estado más que feliz explicando que se trataba de una simple imposibilidad.

Pero esa dimensión, a grandes rasgos, la misma que describen incontables personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte u otros estados místicos, está allí. Existe, y lo que vi y aprendí allí me ha puesto literalmente en un mundo nuevo: un mundo en el que somos mucho más que nuestros cerebros y cuerpos, y donde la muerte no es el final de la conciencia, sino más bien un capítulo de un vasto e incalculablemente positivo viaje.

No soy la primera persona en tener evidencia de que la conciencia existe más allá del cuerpo. Breves y maravillosos destellos de este reino son tan antiguos como la historia humana. Pero hasta donde yo sé, nadie antes que yo haya viajado alguna vez a esta dimensión (a), mientras su corteza estaba completamente apagada, y (b), mientras que su cuerpo estaba bajo observación médica al minuto, como lo estuvo mi cuerpo durante los siete días completos de mi estado de coma.

Todos los argumentos principales en contra de las experiencias cercanas a la muerte sugieren que estas experiencias son el resultado de un mínimo, transitorio, o parcial mal funcionamiento de la corteza cerebral. Sin embargo, mi experiencia cercana a la muerte no tuvo lugar mientras mi corteza estaba funcionando mal, sino mientras estaba simplemente apagada. Esto se desprende claramente de la gravedad y la duración de mi meningitis, y de la complicación cortical global documentada por los escaneos TC y exámenes neurológicos. Según el conocimiento médico actual sobre el cerebro y la mente, no hay absolutamente ninguna manera de que yo pudiera haber experimentado ni siquiera una conciencia débil y limitada durante mi tiempo en el estado de coma, y mucho menos la odisea híper vívida y completamente coherente que experimenté.

Me tomó meses aceptar lo que me pasó. No sólo la imposibilidad médica de que había estado consciente durante mi coma, pero más importante aún, las cosas que sucedieron durante ese tiempo. Hacia el comienzo de mi aventura, yo estaba en un lugar de nubes. Grandes, esponjosas, de color rosa-blanco, que se presentaron nítidamente en contraste con el profundo cielo negro-azul.

Más alto que las nubes, inconmensurablemente más alto, una multitud de seres transparentes y brillantes se movían trazando arcos por el cielo, dejando largos trazos como serpentinas detrás de ellos.

¿Pájaros? ¿Ángeles? Estas palabras las registré más tarde, cuando estaba escribiendo mis recuerdos. Pero ninguna de estas palabras hace justicia a estos seres, que eran, sencillamente, diferentes a todo lo que he conocido en este planeta. Eran más avanzados. Formas superiores.

Un sonido, enorme y retumbante como un canto glorioso, descendió desde lo alto, y me pregunté si los seres alados lo estaban produciendo. Nuevamente, pensando en ello más tarde, se me ocurrió que la alegría de estas criaturas mientras volaban alto era tal, que tenían que emitir este sonido, y que si la alegría no salía de ellos de esta manera entonces simplemente no serían capaces de contenerla. El sonido era palpable y casi material, como una lluvia que se puede sentir en tu piel, pero que no te moja.

Ver y escuchar no estaban separados en este lugar donde ahora estaba. Podía escuchar la belleza visual de los cuerpos plateados de esos seres brillantes que estaban arriba, y pude ver la perfección creciente, alegre de lo que cantaban. Parecía que no se podía ver o escuchar ninguna cosa en este mundo sin volverse parte de ella, sin unirse con ello de alguna forma misteriosa. Una vez más, desde mi perspectiva presente, me permito sugerir que no se podría mirar “hacia” nada en ese mundo en absoluto, porque la palabra "hacia" en sí misma implica una separación que allí no existía. Cada cosa era distinta, pero cada cosa era también una parte de todo lo demás, al igual que los diseños ricos y entremezclados en una alfombra persa ... o en el ala de una mariposa.

Se vuelve más extraño aún. Durante la mayor parte de mi viaje, alguien más estaba conmigo. Una mujer. Ella era joven, y me acuerdo de cómo era en detalle. Tenía los pómulos altos y ojos profundamente azules. Trenzas doradas enmarcaban su hermoso rostro. La primera vez que la vi, estábamos juntos cabalgando sobre una superficie con un intrincado patrón, que después de un momento me di cuenta que era el ala de una mariposa. De hecho, millones de mariposas estaban alrededor de nosotros, enormes y agitadas olas de ellas, que se zambullían en un bosque y volvían de nuevo a nuestro alrededor. Era un río de vida y color, moviéndose a través del aire. La vestimenta de la mujer era simple, como la de un campesino, pero sus colores en polvo azul, índigo y pastel de naranja-durazno tenían la misma abrumadora y súper vívida vitalidad que todo lo demás. Ella me miró con una mirada que, si la vieras durante cinco segundos, haría que tu vida entera hasta ese punto valiera la pena, sin importar lo que haya ocurrido en ella hasta ahora. No era una mirada romántica. No era una mirada de amistad. Era una mirada que de alguna manera estaba más allá de todo esto, más allá de todos los diferentes tipos de amor que tenemos aquí en la tierra. Era algo superior, que contenía todos estos tipos de amor en si mismo, mientras al mismo tiempo era mucho mayor que todos ellos.


Sin pronunciar una sola palabra, ella me habló. El mensaje me atravesó como un viento, y al instante comprendí que era cierto. Lo supe de la misma manera en que supe que el mundo que nos rodeaba era real, no era una fantasía pasajera e insustancial.

El mensaje tenía tres partes, y si tuviera que traducirlas al lenguaje terrenal, sería algo como esto:

"Ustedes son amados y apreciados, muchísimo y para siempre."

"No tienes nada que temer."

"No hay nada que puedas hacer el mal."

El mensaje me inundó con una inmensa y loca sensación de alivio. Era como si me hubieran entregado las reglas de un juego al que había estado jugando toda mi vida sin nunca haberlo comprendido plenamente.

"Te vamos a mostrar muchas cosas aquí", dijo la mujer, una vez más, sin llegar a utilizar estas palabras, sino transmitiéndome directamente su esencia conceptual. "Pero eventualmente vas a regresar".

Para ello, sólo tenía una pregunta.

¿Regresar a dónde?

Un viento cálido soplaba, como los que surgen en los días más perfectos de verano, sacudiendo las hojas de los árboles y fluyendo como agua celestial. Una brisa divina. Esto cambió todo, transformando el mundo a mi alrededor en una octava incluso más alta, una vibración más alta.

A pesar de que aun tenía una pequeña función del lenguaje, al menos la idea que tenemos de él en la Tierra, sin decir palabras comencé a formular preguntas a este viento, y al ser divino que sentía que trabajaba detrás de él o dentro de él.

¿Dónde está este lugar?
¿Quién soy yo?
¿Por qué estoy aquí?

Cada vez que expresé silenciosamente una de estas preguntas, la respuestas llegaron inmediatamente, en una explosión de luz, color, amor y belleza que soplaba a través de mí como una ola rompiendo. Lo más importante de estas explosiones es que no callaban mis preguntas abrumándolas. Respondían a las preguntas, pero de una forma que pasaba el lenguaje por alto. Los pensamientos me entraban directamente. Pero no era pensamiento como lo experimentamos en la Tierra. No era vago, inmaterial o abstracto. Estos pensamientos eran sólidos e inmediatos, más calientes que el fuego y más húmedos que el agua, y mientras los recibía era capaz de comprender al instante y sin esfuerzo conceptos que me habría llevado años comprender plenamente en mi vida terrenal.

Seguí avanzando y me encontré ingresando en un inmenso vacío, completamente oscuro, infinito en tamaño, pero también infinitamente reconfortante. Era profundamente negro pero a la vez rebosante de luz: una luz que parecía venir de un orbe brillante que ahora sentía más cerca de mí. El orbe era una especie de “intérprete” entre mí y esta vasta presencia que me rodeaba. Era como si yo estuviera naciendo a un mundo más grande, y el propio universo era como un útero cósmico gigante y el orbe (que sentí estaba conectado de alguna manera con, o incluso era idéntico a la mujer sobre el ala de la mariposa) fue guiándome a través de él.

Más tarde, cuando volví, me encontré con una cita del Siglo XVII, del poeta cristiano Henry Vaughan, que estuvo muy cerca de describir este lugar mágico, este núcleo vasto y negro como tinta, que era el hogar de la misma Divinidad.


“Hay, dicen algunos, en Dios, una oscuridad profunda pero deslumbrante”.

Eso era exactamente: una negra oscuridad que también estaba rebosante de luz.

Sé muy bien cuan extraordinario, cuan francamente increíble, todo esto suena. Si alguien, incluso un médico, me hubiera contado una historia como ésta en los viejos tiempos, hubiera estado bastante seguro de que estaba bajo el hechizo de algún delirio. Pero lo que me pasó fue, lejos de ser delirante, tan real o más real que cualquier otro acontecimiento en mi vida. Eso incluye el día de mi boda y el nacimiento de mis dos hijos.

Lo que me pasó exige una explicación.

La física moderna nos dice que el universo es una unidad que es indivisible. Aunque parece que vivimos en un mundo de separación y diferencia, la física nos dice que debajo de la superficie, cada objeto y acontecimiento en el universo está completamente entretejido con todos los demás objetos y eventos. No hay verdadera separación.

Antes de mi experiencia de estas ideas eran abstracciones. Hoy son realidades. El universo no sólo está definido por la unidad, sino también, ahora lo sé, definido por el amor. El universo como lo experimenté en mi estado de coma es - he descubierto con sorpresa y alegría- el mismo sobre el cual tanto Einstein y Jesús habían hablado en sus (muy) diferentes maneras.

He pasado décadas como neurocirujano en algunas de las instituciones médicas más prestigiosas de nuestro país. Sé que muchos de mis compañeros se aferran, como yo en el pasado, a la teoría de que el cerebro, y en particular la corteza, genera la conciencia y de que vivimos en un universo desprovisto de cualquier tipo de emoción, y mucho menos del amor incondicional que ahora se que Dios y el universo tienen hacia nosotros. Pero esa creencia, esa teoría, ahora yace rota a nuestros pies. Lo que me pasó la destruyó, y tengo la intención de pasar el resto de mi vida investigando la verdadera naturaleza de la conciencia y difundiendo el hecho de que somos más, mucho más, que nuestro cerebro físico, lo más claro que pueda, tanto hacia mis colegas científicos como hacia la gente en general.

No espero que esto sea una tarea fácil, por las razones que he descrito anteriormente. Cuando el castillo de una vieja teoría científica comienza a mostrar líneas de falla, al principio nadie quiere prestar atención. En primer lugar, el antiguo castillo simplemente ha tomado mucho trabajo para ser construido, y si se cae, uno completamente nuevo tendrá que ser construido en su lugar.

Esto lo aprendí de primera mano después de que estuve lo suficientemente bien como para volver a salir al mundo y hablar con otras personas -personas, es decir, que no sean mi sufrida esposa, Holley, y nuestros dos hijos-, acerca de lo que me había pasado. Las miradas de incredulidad cortés, especialmente entre mis amigos médicos, pronto me hicieron ver la gran tarea que tendría para que la gente comprendiera la enormidad de lo que había visto y experimentado esa semana mientras mi cerebro estaba apagado.

Uno de los pocos lugares en los que no tuve problemas para transmitir mi historia era un lugar que antes de mi experiencia había visto bastante poco: la iglesia. La primera vez que entré en una iglesia después de mi coma, veía todo con ojos nuevos. Los colores de los vitrales me recordaron la luminosa belleza de los paisajes que había visto en el mundo de arriba. Las notas bajas profundas del órgano me recordaron cómo los pensamientos y emociones en ese mundo son como olas que se mueven a través de ti. Y, lo más importante, una pintura de Jesús partiendo el pan con sus discípulos evocó el mensaje que permanece en el corazón mismo de mi viaje: que somos amados y aceptados incondicionalmente por un Dios aun más grande e insondablemente glorioso que el que me habían enseñado de niño en la escuela dominical.

Hoy en día muchos creen que las verdades espirituales vivas de la religión han perdido su poder, y que la ciencia, no la fe, es el camino a la verdad. Antes de mi experiencia tenía una fuerte sospecha de que ese era el caso para mí.

Pero ahora entiendo que esta opinión es demasiado simple. El hecho cierto es que la imagen materialista del cuerpo y el cerebro como los productores, en lugar de los vehículos, de la conciencia humana, está condenada. En su lugar, una nueva visión de la mente y el cuerpo va a surgir, y de hecho ya está emergiendo. Este punto de vista es científico y espiritual en igual medida y valorará lo que los más grandes científicos de la historia siempre se han valorado por sobre todo: la verdad.

Esta nueva imagen de la realidad tomará mucho tiempo en armarse. No va a estar terminada en mi tiempo, o incluso, sospecho, tampoco en el tiempo de mis hijos. De hecho, la realidad es demasiado vasta, demasiado compleja y demasiado irreductiblemente misteriosa para que una imagen de ella alguna vez llegue a estar absolutamente completa. Pero, en esencia, esta imagen mostrará al universo en evolución, multidimensional, y conocido en detalle hasta cada uno de sus últimos átomos por un Dios que nos cuida mucho más profunda y apasionadamente que cualquier padre que alguna vez haya amado a su hijo.

Aun sigo siendo un doctor, y aun sigo siendo un hombre de ciencia, casi exactamente igual a como era antes de que tuviera mi experiencia. Pero en un nivel más profundo soy muy diferente a la persona que era antes, porque he podido vislumbrar esta imagen de la realidad que está surgiendo. Y puedes creerme cuando te digo que va a valer la pena cada pequeño paso de la labor que nos llevará, y a los que vienen después de nosotros, para llegar a comprenderla bien.

Dr. Eben Alexander, The Daily Beast, 08 de Octubre 2012

Fuente original: 
http://www.thedailybeast.com/newsweek/2012/10/07/proof-of-heaven-a-doctor-s-experience-with-the-afterlife.html
Traducción: Sebastián Alberoni

sábado, 9 de febrero de 2013

El problema del dolor

Me parece que una de las realidades más profundas de la vida es el dolor. Uno de los autores que ha tratado el tema con mayor atino es C. S. Lewis.

En la excelente página web de conoZe.com he encontrado la traducción de Susana Bunster del libro El problema del dolor. Me parece oportuno copiar aquí el índice con los links correspondientes para facilitar su lectura y comentarios. ¡Provecho!
Prefacio
I.- Introducción
II.- La omnipontencia divina
III.- La bondad divina
IV.- La maldad humana
V.- La caída del hombre
VI.- El dolor humano
VII.- El dolor humano
VIII.- El infierno
IX.- El dolor animal
X.- El cielo
Apéndice


# 31 SUF - El sentido de la vida - Categoría: Sufrimiento (The Meaning of life - Suffering)

Inmortal y libre (II)

2.
No es del todo correcto oponer el hombre al animal, porque el hombre es también un animal, un animal racional. Ahora bien, para aclarar las cosas, es preferible reservar el uso de la palabra animal para designar los seres vivientes que ocupan el nivel inmediatamente inferior al hombre en la escala de la vida. Sobre esta base, podemos proseguir comparando el alma espiritual que Dios ha dado al hombre con el alma de los animales. Gracias a ella, el hombre posee dos potencias o facultades que no tienen los animales: la inteligencia y la voluntad; es decir, la capacidad de actuar conscientemente, guiado por la razón, y de escoger libremente, gracias a la voluntad. El animal, sin embargo, no actúa conscientemente y libremente, sino guiado por el instinto ciego.
Cuando un joven matrimonio decide construirse una casita, se sienta a discutir cómo será, el dinero que gastarán, las habitaciones que tendrá... Sin embargo, los topos, las golondrinas o las abejas, no se reúnen a discutir cómo construirán su madriguera, su nido o su panal; los hacen siempre igual, siguiendo un modelo de conducta invariable a través de los siglos, que el Creador ha impreso en su naturaleza.
Así como el animal no es capaz de «razonar» o «pensar» en el sentido estricto de la palabra, tampoco puede escoger libremente. Sus acciones se ven motivadas por el principio de buscar el placer y evitar el dolor, a un nivel puramente sensorial. Para un animal, no existen los conceptos de lo bueno y lo malo. El mastín que se arroja a la garganta del intruso, se siente tan «virtuoso» como el perrito pequinés que se limita a traer el periódico a su amo. Uno y otro han sido pacientemente entrenados, mediante un sistema de recompensas y castigos, para hacer una cosa u otra. Hay animales que, convenientemente entrenados, pueden hacer cosas asombrosas, pero es el instinto, no la inteligencia, ni la voluntad, lo que les lleva a hacerlas.
Actualmente, hay personas que, como antiguamente ciertos paganos, niegan que la voluntad humana sea libre. Para escapar a las implicaciones que supone reconocer la existencia de un alma espiritual, aseguran que un acto de la voluntad no es más que una respuesta a las emociones, los instintos o los hábitos; es decir, una reacción a estímulos puramente materiales, en la que no hay libertad; se haga lo que se haga, se trata de un acto necesario, dadas unas determinadas premisas.
Otros, aun admitiendo que el hombre puede elegir, niegan que su elección sea libre. Según ellos, la voluntad se ve forzada a escoger aquello que más le atrae, como una balanza que se inclina hacia el platillo que más pesa. En cuanto el intelecto presenta a la voluntad el mayor bien, ésta lo escoge necesariamente.
Lo curioso es que quienes sostienen estas teorías e incluso las enseñan en sus libros o en sus cátedras no se resignan a que los demás conculquen sus derechos. Si un determinista -que así se llaman quienes piensan de esa manera- se ve despojado de su cartera, no se limita a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente impelido por un estímulo irresistible, sino que llama a la policía y exige su castigo -y, por supuesto, la devolución de la cartera-.
Que la voluntad humana es libre no se puede probar metiéndola en un tubo de ensayo o sometiéndola a otros experimentos científicos; sólo se puede probar que lo es en el laboratorio de nuestra propia alma. Cualquier hombre puede examinarse, comprobar que es capaz de escoger libremente y comprender que es responsable de lo que hace. Hay veces, sí, en que obramos pensando lo que hacemos, somos conscientes de que actuamos libremente, de que hubiésemos podido obrar de otra manera. Verdad es que la voluntad se mueve impulsada por los motivos que le presenta el intelecto y que sólo se mueve si considera que esos motivos son buenos. Sin embargo, es la voluntad libre la que dirige al intelecto en el examen de esos motivos y hace que los acepte o los rechace. Es la voluntad la que le dice al intelecto: «Detente; esas son las consideraciones que me atraen; olvídate de las demás».
Todos somos conscientes -aunque a veces nos avergoncemos de ello- de que solemos interrumpir al intelecto en el curso de sus pensamientos porque no queremos escuchar sus razones, ya que nos apartan del logro de nuestros deseos. Sería muy fácil pensar que pecamos porque «no tenemos más remedio», pero sabemos perfectamente que no es así.


Trese, Leo J., La sabiduría del cristiano, Palabra, Madrid 1983, 37-40.
# 14 VID - El sentido de la vida - Categoría: Vida (The Meaning of life - Life)

Inmortal y libre (I)

1.
¿Has comprobado alguna vez lo que puedes ver de tu propio cuerpo sin ayuda de un espejo? Yo he observado que sólo puedo verme por delante y por los lados, desde los hombros hacia abajo; si me retuerzo un poco, puedo ver también la parte de atrás de los pies y las pantorrillas; los labios también puedo verlos, adelantándolos un poco, y parte de la nariz, cerrando un ojo. Lo que no puedo ver en absoluto es mi cabeza, mi cara y mi espalda.
La causa de todo esto es que mi cuerpo se compone de elementos materiales, que está hecho de partes distintas unas de otras. No puedo dar un paso adelante y luego dar media vuelta parra contemplarme a mí mismo. La parte de mi cuerpo que observa o mira estará siempre separada de la contemplada. Dicho de otra manera: nada material puede replegarse sobre sí mismo; no se puede plegar una cuartilla de tal forma que la parte plegada cubra toda la cuartilla.
Todo esto es tan obvio que parece estúpido. Sin embargo, nos dice claramente que nuestra alma no es una sustancia material, porque el alma es capaz de hacer lo que no puede hacer el cuerpo. Puede, en efecto, reflexionar, como dicen los filósofos. Yo soy capaz de conocer algo, dar un paso adelante y examinar lo conocido. Yo puedo pensar y, al realizar ese acto, mi mente puede analizar el proceso de raciocinio. Puedo escoger el hacer esto en lugar de aquello, y, al mismo tiempo que escojo, puedo examinar los motivos. Puedo amar y, simultáneamente, sopesar y valorar mi amor mientras amo.
Esta capacidad de auto-conciencia que tenemos -la posibilidad de conocer y, al mismo tiempo, de conocer que conocemos- prueba que el alma no es una sustancia material, porque sería absolutamente incapaz de volverse sobre sí misma -de reflexionar- si estuviera hecha de partes, como toda sustancia material.
Ahora bien, si no es una sustancia material, ¿qué es?... Pues no puede ser otra cosa que una sustancia de otra clase, que los filósofos llaman simple, es decir, carente de partes, de tamaño, de cantidad. Una sustancia, en suma, espiritual. Dios es una sustancia de esa clase. Por eso es Espíritu, un Espíritu perfecto e infinito. Los ángeles también son sustancias espirituales, espíritus puros, aunque no perfectos ni infinitos. Finalmente, el alma humana -nuestro principio de vida, amor y pensamiento- también es una sustancia espiritual, un espíritu.
Otra prueba de que el alma humana es espiritual la tenemos en el hecho de que sea capaz de tener pensamientos abstractos. Hay un principio filosófico que dice que ningún efecto puede ser mayor que su causa. Las aguas de un río no pueden correr cuesta arriba, ni un mosquito parir un elefante. Aplicando esto al caso del alma, tenemos que si la mente humana es capaz de producir ideas inmateriales es porque el alma es inmaterial; es decir, un espíritu.
Si el alma humana fuese una sustancia material, sólo podríamos tener pensamientos materiales; es decir, solo tendríamos un conocimiento sensitivo. Sabríamos que tal objeto es blanco y tal otro negro, pero no tendríamos idea de la blancura y de la negrura en abstracto, ni podríamos especular sobre los efectos de los colores sobre las emociones humanas, como hacen los psicólogos. También podríamos saber que tal persona nos atrae y tal otra nos repele, pero de ello nunca podríamos deducir conceptos generales de bondad y maldad ni teorizar sobre el amor y el odio.
Si todo esto resulta posible es porque el alma puede elevarse por encima del conocimiento sensible y tener pensamientos inmateriales, espirituales, ya que el alma es ella misma un espíritu y puede causar un efecto proporcionado.
Ahora bien, siendo como es un espíritu, tiene que ser inmortal, ya que, por definición, un espíritu es una sustancia simple, que carece de partes y no ocupa lugar en el espacio (no es que una parte de mi alma esté en mi cabeza, otra en mis manos y otra en mis pies, sino que toda mi alma está en cada parte de mi ser, como todo Dios está en cada parte del Universo).
Siendo el alma una sustancia simple, ajena a las limitaciones de la materia, es evidente que no hay nada en ella que pueda descomponerse, destruirse o dejar de ser. La muerte es la separación de las partes componentes de un organismo vivo, pero, en el caso del alma, no hay partes que puedan separarse. Dios nos ha revelado que el alma humana es inmortal, pero incluso prescindiendo de la revelación, se puede llegar a comprenderlo haciendo uso de la razón.


Trese, Leo J., La sabiduría del cristiano, Palabra, Madrid 1983, 33-36.
# 13 VID - El sentido de la vida - Categoría: Vida (The Meaning of life - Life)




Del compendio de la Doctrina Social de la Iglesia:

 129 El hombre, por tanto, tiene dos características diversas: es un ser material, vinculado a este mundo mediante su cuerpo, y un ser espiritual, abierto a la trascendencia y al descubrimiento de « una verdad más profunda », a causa de su inteligencia, que lo hace « participante de la luz de la inteligencia divina ».243 La Iglesia afirma: « La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la “forma” del cuerpo, es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza ».244 Ni el espiritualismo que desprecia la realidad del cuerpo, ni el materialismo que considera el espíritu una mera manifestación de la materia, dan razón de la complejidad, de la totalidad y de la unidad del ser humano.