No es del todo correcto oponer el hombre al animal, porque el hombre es también un animal, un animal racional. Ahora bien, para aclarar las cosas, es preferible reservar el uso de la palabra animal
para designar los seres vivientes que ocupan el nivel inmediatamente
inferior al hombre en la escala de la vida. Sobre esta base, podemos
proseguir comparando el alma espiritual que Dios ha dado al hombre con
el alma de los animales. Gracias a ella, el hombre posee dos potencias o
facultades que no tienen los animales: la inteligencia y la voluntad;
es decir, la capacidad de actuar conscientemente, guiado por la razón, y
de escoger libremente, gracias a la voluntad. El animal, sin embargo,
no actúa conscientemente y libremente, sino guiado por el instinto
ciego.
Cuando un joven matrimonio decide
construirse una casita, se sienta a discutir cómo será, el dinero que
gastarán, las habitaciones que tendrá... Sin embargo, los topos, las
golondrinas o las abejas, no se reúnen a discutir cómo construirán su
madriguera, su nido o su panal; los hacen siempre igual, siguiendo un
modelo de conducta invariable a través de los siglos, que el Creador ha
impreso en su naturaleza.
Así como el animal no es
capaz de «razonar» o «pensar» en el sentido estricto de la palabra,
tampoco puede escoger libremente. Sus acciones se ven motivadas por el
principio de buscar el placer y evitar el dolor, a un nivel puramente
sensorial. Para un animal, no existen los conceptos de lo bueno y lo
malo. El mastín que se arroja a la garganta del intruso, se siente tan
«virtuoso» como el perrito pequinés que se limita a traer el periódico a
su amo. Uno y otro han sido pacientemente entrenados, mediante un
sistema de recompensas y castigos, para hacer una cosa u otra. Hay
animales que, convenientemente entrenados, pueden hacer cosas
asombrosas, pero es el instinto, no la inteligencia, ni la voluntad, lo
que les lleva a hacerlas.
Actualmente, hay
personas que, como antiguamente ciertos paganos, niegan que la voluntad
humana sea libre. Para escapar a las implicaciones que supone reconocer
la existencia de un alma espiritual, aseguran que un acto de la voluntad
no es más que una respuesta a las emociones, los instintos o los
hábitos; es decir, una reacción a estímulos puramente materiales, en la
que no hay libertad; se haga lo que se haga, se trata de un acto necesario, dadas unas determinadas premisas.
Otros, aun admitiendo que el hombre puede elegir, niegan que su elección sea libre. Según
ellos, la voluntad se ve forzada a escoger aquello que más le atrae,
como una balanza que se inclina hacia el platillo que más pesa. En
cuanto el intelecto presenta a la voluntad el mayor bien, ésta lo escoge
necesariamente.
Lo curioso es que quienes
sostienen estas teorías e incluso las enseñan en sus libros o en sus
cátedras no se resignan a que los demás conculquen sus derechos. Si un determinista -que
así se llaman quienes piensan de esa manera- se ve despojado de su
cartera, no se limita a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente
impelido por un estímulo irresistible, sino que llama a la policía y
exige su castigo -y, por supuesto, la devolución de la cartera-.
Que
la voluntad humana es libre no se puede probar metiéndola en un tubo de
ensayo o sometiéndola a otros experimentos científicos; sólo se puede
probar que lo es en el laboratorio de nuestra propia alma. Cualquier
hombre puede examinarse, comprobar que es capaz de escoger libremente y comprender que
es responsable de lo que hace. Hay veces, sí, en que obramos pensando
lo que hacemos, somos conscientes de que actuamos libremente, de que
hubiésemos podido obrar de otra manera. Verdad es que la voluntad se
mueve impulsada por los motivos que le presenta el intelecto y que sólo se
mueve si considera que esos motivos son buenos. Sin embargo, es la
voluntad libre la que dirige al intelecto en el examen de esos motivos y
hace que los acepte o los rechace. Es la voluntad la que le dice al
intelecto: «Detente; esas son las consideraciones que me atraen;
olvídate de las demás».
Todos somos conscientes
-aunque a veces nos avergoncemos de ello- de que solemos interrumpir al
intelecto en el curso de sus pensamientos porque no queremos escuchar
sus razones, ya que nos apartan del logro de nuestros deseos. Sería muy
fácil pensar que pecamos porque «no tenemos más remedio», pero sabemos
perfectamente que no es así.
Trese, Leo J., La sabiduría del cristiano, Palabra, Madrid 1983, 37-40.
# 14 VID - El sentido de la vida - Categoría: Vida (The Meaning of life - Life)


No hay comentarios:
Publicar un comentario