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sábado, 9 de febrero de 2013

Inmortal y libre (II)

2.
No es del todo correcto oponer el hombre al animal, porque el hombre es también un animal, un animal racional. Ahora bien, para aclarar las cosas, es preferible reservar el uso de la palabra animal para designar los seres vivientes que ocupan el nivel inmediatamente inferior al hombre en la escala de la vida. Sobre esta base, podemos proseguir comparando el alma espiritual que Dios ha dado al hombre con el alma de los animales. Gracias a ella, el hombre posee dos potencias o facultades que no tienen los animales: la inteligencia y la voluntad; es decir, la capacidad de actuar conscientemente, guiado por la razón, y de escoger libremente, gracias a la voluntad. El animal, sin embargo, no actúa conscientemente y libremente, sino guiado por el instinto ciego.
Cuando un joven matrimonio decide construirse una casita, se sienta a discutir cómo será, el dinero que gastarán, las habitaciones que tendrá... Sin embargo, los topos, las golondrinas o las abejas, no se reúnen a discutir cómo construirán su madriguera, su nido o su panal; los hacen siempre igual, siguiendo un modelo de conducta invariable a través de los siglos, que el Creador ha impreso en su naturaleza.
Así como el animal no es capaz de «razonar» o «pensar» en el sentido estricto de la palabra, tampoco puede escoger libremente. Sus acciones se ven motivadas por el principio de buscar el placer y evitar el dolor, a un nivel puramente sensorial. Para un animal, no existen los conceptos de lo bueno y lo malo. El mastín que se arroja a la garganta del intruso, se siente tan «virtuoso» como el perrito pequinés que se limita a traer el periódico a su amo. Uno y otro han sido pacientemente entrenados, mediante un sistema de recompensas y castigos, para hacer una cosa u otra. Hay animales que, convenientemente entrenados, pueden hacer cosas asombrosas, pero es el instinto, no la inteligencia, ni la voluntad, lo que les lleva a hacerlas.
Actualmente, hay personas que, como antiguamente ciertos paganos, niegan que la voluntad humana sea libre. Para escapar a las implicaciones que supone reconocer la existencia de un alma espiritual, aseguran que un acto de la voluntad no es más que una respuesta a las emociones, los instintos o los hábitos; es decir, una reacción a estímulos puramente materiales, en la que no hay libertad; se haga lo que se haga, se trata de un acto necesario, dadas unas determinadas premisas.
Otros, aun admitiendo que el hombre puede elegir, niegan que su elección sea libre. Según ellos, la voluntad se ve forzada a escoger aquello que más le atrae, como una balanza que se inclina hacia el platillo que más pesa. En cuanto el intelecto presenta a la voluntad el mayor bien, ésta lo escoge necesariamente.
Lo curioso es que quienes sostienen estas teorías e incluso las enseñan en sus libros o en sus cátedras no se resignan a que los demás conculquen sus derechos. Si un determinista -que así se llaman quienes piensan de esa manera- se ve despojado de su cartera, no se limita a pensar que el pobre ladrón obró así necesariamente impelido por un estímulo irresistible, sino que llama a la policía y exige su castigo -y, por supuesto, la devolución de la cartera-.
Que la voluntad humana es libre no se puede probar metiéndola en un tubo de ensayo o sometiéndola a otros experimentos científicos; sólo se puede probar que lo es en el laboratorio de nuestra propia alma. Cualquier hombre puede examinarse, comprobar que es capaz de escoger libremente y comprender que es responsable de lo que hace. Hay veces, sí, en que obramos pensando lo que hacemos, somos conscientes de que actuamos libremente, de que hubiésemos podido obrar de otra manera. Verdad es que la voluntad se mueve impulsada por los motivos que le presenta el intelecto y que sólo se mueve si considera que esos motivos son buenos. Sin embargo, es la voluntad libre la que dirige al intelecto en el examen de esos motivos y hace que los acepte o los rechace. Es la voluntad la que le dice al intelecto: «Detente; esas son las consideraciones que me atraen; olvídate de las demás».
Todos somos conscientes -aunque a veces nos avergoncemos de ello- de que solemos interrumpir al intelecto en el curso de sus pensamientos porque no queremos escuchar sus razones, ya que nos apartan del logro de nuestros deseos. Sería muy fácil pensar que pecamos porque «no tenemos más remedio», pero sabemos perfectamente que no es así.


Trese, Leo J., La sabiduría del cristiano, Palabra, Madrid 1983, 37-40.
# 14 VID - El sentido de la vida - Categoría: Vida (The Meaning of life - Life)

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